La ética del estómago

El funcionario público que me atendió fue muy enfático en señalar que los gobiernos y sus congresos son los responsables de la corrupción. Implicó que el exceso de leyes y lo intrincado de las normas promueven la ignorancia del ciudadano y que se puede saber cuál es la entidad más corrupta sólo con identificar la que más trámites exige.

En los últimos días me he vuelto a encontrar con varios escenarios que para mí, en lo particular, son el alimento de mis pesadillas. Posiciones gerenciales intransigentes que no expresan la mínima condolencia al suscitar situaciones de falsedad, de injusticia y de inequidad. Toma de decisiones con base en una emocionalidad poco educada y bajo el amparo de la propiedad privada, afectan vidas sin que nada ni nadie les importe.

Muy similar al comportamiento que puede tener un petrolero o una multinacional minera quienes se escudan en las leyes que ellos mismos promovieron para que los congresistas aprobaran y de esta manera depredar y vulnerar la naturaleza y las comunidades indefensas, de igual modo parece ser muy fácil manipular a un gobierno para que declare ilegal una huelga, es bajo esa sombrilla que vive el ciudadano de a pie y así estos modelos se convierten en un “gran ejemplo” para profesionales y emprendedores.

Hablo de un gobierno que nos miente a la hora de hablar de desempleo, en un escenario en el que los únicos pocos empleados son quienes aparecen en el registro de seguridad social y eso en un tiempo mínimo de dos años. En nuestro país la tasa real de empleo de la población económicamente activa, apenas supera el siete por ciento y así como son una mentira las cifras oficiales, también lo es la existencia del empleo informal, esos son los discursos engañosos para decir que todo va bien. Es simplemente otra mentira más.

Es especialmente grave para quien desea volverse empresario, pues muy rápido aprende que las medidas del gobierno le obligan a la trampa, y el comentario popular es que no hay opción, si no es así, haciendo trampa, “en este país es muy difícil hacer empresa”. Al exceso tributario, la inentendible tramitología y a los altos costos, súmele que permanentemente debemos estar cuidándonos de la cultura de la estafa y la falsedad. Proveedores que no cumplen, productos de mala calidad, servicio ineficiente, atajos engañosos y la letra pequeña son parte de nuestro diario vivir a su vez la persona que trabaja de empleado muy rápidamente comprende que debe hacerse de la vista gorda, aquel que no ve ni entiende nada, si no quiere comprometer su capacidad de mercar.

Podría renunciar a trabajar en una organización corrupta, pero qué objeto tiene renunciar si a donde quiera que vaya va a encontrar lo mismo: dobles contabilidades, impacto contra la naturaleza, explotación humana, entre otras tantas especies.

Eso sí, en la declaración de los principios y valores organizacionales, la ética, la responsabilidad y el respeto no pueden faltar por nada del mundo, y los “jefes” se mandan unos discursos sobre ética y liderazgo, de padre y señor mío, y se ofenden si se les dice lo contrario, pero –por mis hijos – piensa el empleado, es mejor quedarse callado. No hay lugar en estas economías, por lo menos las latinoamericanas, para los espíritus limpios.

Ya sé que comprar comida para nuestras familias importa más que cualquier ética, una simple invención social que se discute desde la antigüedad y todavía no se ha resuelto. Lo he aprendido con mi alma enferma por lo que a diario percibo. La misma que veo llorar cada vez que me miro al espejo, pero ese soy yo. Ya me enteré que para la mayoría de las personas esto es intrascendente. Por eso le pregunto: ¿Cuándo usted se mira al espejo ve a una persona realmente ética o como todos, es mero discurso? ¿Es eso lo que usted quiere que sus hijos aprendan de usted? ¡Qué fácil es hablar de ética, pero qué difícil vivirla! Ya sabe, en este lodo social los únicos que triunfan son los cerdos y las alimañas… lo bueno y puro, apenas, sobrevive.

A todos nos encanta sentir que estamos en lo correcto y que lo que hacemos es lo correcto. Para lograr esto se requiere tener una estructuración fuerte sobre tres elementos simbióticos: Ética, Moral y Dignidad. No obstante, no tenemos ni idea de ninguno de los tres…

Las malas noticias son abrumadoras. Cada día los noticieros, los periódicos y las redes sociales traen infinidad de ejemplos de hasta dónde ha llegado la degradación del comportamiento de las personas. Este tema lo pusimos a consideración de mi aula de clase en el diplomado sobre Pedagogía y Desarrollo Humano que dicté en la institución de la que fui Rector. ¿Qué es lo que está pasando? Y la respuesta, fue la misma de siempre: la pérdida de valores.

No obstante, quise llamarles la atención sobre algunos aspectos a considerar. Lo que estamos viviendo es, a la vez, síntoma y resultado. Síntoma porque es la parte visible de un cáncer que está muy profundo en el cuerpo social, y resultado, porque no surgió de la noche a la mañana, lo produjimos nosotros mismos.

Tengan claro – les dije – Lo único realmente cierto es que cuando una persona se despierta en la mañana, tiene dos tareas derivadas del instinto de sobrevivencia: alimentarse y alimentar a los suyos. Y cuando digo alimentarse no me estoy refiriendo sólo al hecho de comer, me refiero a proveer las cosas necesarias para la vida, todo lo demás, es creación social. El cómo lo hace esa persona, está reglamentado de muchas maneras artificiales que la mente no siempre acepta y nuestro instinto depredador se impone.

No, no estoy justificando nada, trato de comprender de dónde se origina la problemática y repito que eso que mencionamos, los valores, entre otros, no es más que una invención social, que no está en nuestra naturaleza. Recordemos que el origen del hombre es salvaje y que en el recorrido de miles de años de sobrevivencia, acumuló saberes instintivos que se guardaron en nuestra memoria genética y que todavía hoy están en nuestro cerebro

Por otra parte, está el escenario social. Aunque la palabra ideología tiene concepciones que a las personas no les gusta, todo sobre el planeta corresponde a una ideología, una global y otra territorial, es en la ideología, como lo podría decir Carl Jung, en donde se forman los inconscientes colectivos.

Y la nuestra, la occidental, tiene de fondo dos elementos importantes. El primero es el capitalismo, como marco de referencia, y como ustedes saben, el capitalismo es salvaje y muy exigente, al punto que cada persona sustenta su derecho a la existencia, de acuerdo con su capacidad de producción, lo que nos lleva al segundo elemento, la educación. Nuestro sistema educativo está muy lejos de ser un real sistema educativo y se ha convertido en un sistema reproductivo, que no hace más que parir la mano de obra que el capitalismo necesita.

En ese sentido, podemos darnos cuenta que la ausencia de educación no ha sido más que una estrategia para mantener el sistema.

Y finalmente, está lo que el sujeto aprende de ambas cosas: lo que le viene de su memoria genética y lo que viene de su entorno ideológico, y es así que él aprende, de qué manera debe “alimentarse”, eliminar el miedo y dejar su lugar en el sistema, esto es lo que determina su comportamiento. Es por eso, que las miles de malas noticias sobre el comportamiento de las personas, no es más que el síntoma de problemáticas de fondo.

No obstante, es de lo que se trata, por eso estudiamos el tema. Fue para superar nuestros instintos salvajes que creamos la civilización, y como todos los ideales, como el éxito, la excelencia y la felicidad no se justifican por su existencia sino por su búsqueda permanente, porque es esa búsqueda la que nos hace evolucionar como seres humanos civilizados.

Tenemos lo que llamaríamos un decálogo del deber ser de los criterios con los cuales nos debiéramos comportar:

Justicia, igualdad, equidad, libertad, respeto, transparencia, honestidad, verdad, actuación correcta y consecuencia de los actos

Cada uno de ellos fáciles de comprender, no tan fáciles de aplicar y que han tenido un gran despliegue en toda la bibliografía referente a la Ética, sin embargo, estos criterios están enmarcados y articulados en tres grandes líneas: la ética, la moral y la dignidad, la primera, se supone que es global, la segunda es territorial y la tercera es personal. Y cada una de ellas se supone que debe regir nuestro comportamiento diario.

Tomemos por ejemplo la Ética en cuatro de sus elementos que para mí son primordiales pues tienen el poder de modificarnos completamente cuando se usan como criterios de vida: transparencia, verdad, justicia y equidad. Aunque se trata de principios universales, siempre queda de fondo una gran pregunta: ¿según quién? ¿Quién califica algo como transparente o determina que algo es verdad, justo o equitativo?

Y lo cierto, es que estas respuestas no deberían quedar a la subjetividad de nadie, incluso si se trata de una institución, pues cómo veremos, eso podría ser peor.

Luego está la moral. Yo, como la mayoría de las personas, no tengo ni idea de lo que realmente es la moral. Puedo hacer una aproximación desde mi visión subjetiva, ya dijimos que la moral es territorial y por ende está compuesta de todos los inconscientes colectivos que surgen en nuestro entorno: modelos, estereotipos, paradigmas, prejuicios, valores, normas, modales…

En primero los modelos y estereotipos, pues aludiendo a Martin Linsdtron, con sus “neuronas espejo” el ser humano aprende de lo que ve. En este caso, el sujeto recibe ejemplos de éxito a seguir en su comunidad y que le dicen que determinado comportamiento le llevarán a obtener lo que desea para “alimentarse”.

En mi región, por ejemplo, tenemos al “Arriero Paisa”, que es el ejemplo de la tenacidad y del trabajo duro, no obstante, también hace apología de la trampa y el engaño, como argumento “válido” para lograr sus objetivos. A eso le llaman ser “avispao” y, a sabiendas de que se trata de violentar y faltarle el respeto a otros” la sociedad lo ha tomado como modelo para el “modus vivendi”. Está muy metido en nuestro estilo de moral: “el vivo vive del bobo”.

De allí nacieron algunos estereotipos, por una parte, está Pablo Escobar Gaviria, todavía muy amado en algunos lugares, incluso se consigue camisetas de él en la calle. También conozco un grupo empresarial que se presume de muy “iluminado” pero que en su práctica siguen siendo “arrieros” en un sentido no muy positivo.

Tengo la idea de que aquí radica el problema. La falta de modelos de éxito adecuados, de su adecuada promoción y el desarrollo de un camino que permita imitarlos, lo que lleva a la población a asumir los comportamientos que muestran modelos de vida exitosos como el del artista que se droga, el jugador que se vende, la cirugía plástica como forma de ofertar el cuerpo, el empresario avispao, el político mentiroso, el cura pedófilo, entre muchos otros.

La violencia de las bandas criminales reescribe las reglas y permite que un muchacho en una esquina, la mayoría de las veces drogándose, gane mucho más dinero que una persona que se esforzó en estudiar, ir a la universidad y ser un profesional, al cual las pocas oportunidades de un sistema laboral ultra-demandante lo llevan a terminar manejando un taxi que ni siquiera es de su propiedad. Si el objetivo final es la comodidad que da el dinero, este se puede conseguir de diversos modos en donde para muchos el fin justifica los medios. Algo está mal.

De este modo la lista de modelos de éxito fundamentados en el absurdo es interminable como un Secretario de Educación Municipal queriendo borrar las “fronteras invisibles” con comparsas y saltimbanquis.

Luego vienen los paradigmas y prejuicios. Por ejemplo, Un análisis realizado sobre la estructura mental de los grupos directivos nos llevó a la conclusión de que se asemeja mucho al modelo “fascista”, promoviendo esquemas totalitarios, con creencias o ideologías racistas, misóginas, xenofóbicas, homofóbicas entre algunas obviamente siempre muy bien disimuladas. Si usted está atento, por ejemplo, se dará cuenta que en la gran mayoría empresas, de todo tipo y tamaños, de nuestro país, no hay “realmente” negros ni indígenas en cargos directivos, con algunas muy contadas excepciones.

También encontramos los denominados “Valores Sociales”, que no dejan de ser un discurso vacío, pues las instituciones que los predican no los aplican. Ejemplo de esto son, los carros del sacerdote, la compra de votos, las dobles contabilidades, entre otras, y son estos mismos personajes quienes nos hablan de honestidad, responsabilidad y respeto…Y la población los ven.

Otro tanto sucede con las normas. Siendo que la legislación se creó para facilitar el bienestar común, la normatización nacional, regional y local, regularmente corresponde a los intereses de unos pocos. En nuestro país, piense en, a quién favorece nuestro sistema de salud, a quién favorece realmente la inversión extranjera, a quién favorece el sistema educativo, a quién favorece el sistema de justicia, entre otros. Y cuando encuentre la respuesta se dará cuenta de quiénes pagaron para obtener esa legislación, y la población los ven. Entienda que supimos de Odebrecht, porque se dejó pillar. Pero ni crea que se trata de una cosa única ni de ahora. Hasta un prócer de la patria recibió ganancias por entregar nuestro territorio.

Tanto los valores como las normas están unidas a los modales. La idea de modales, que son normas de comportamiento, se descompone en Protocolo y Etiqueta, Cortesía y Urbanidad.

El protocolo es un conjunto de pautas a seguir para el respeto a las jerarquías, la etiqueta es el conjunto de pautas a seguir para comportarse en actos sociales, la cortesía es el conjunto de pautas que debemos seguir para relacionarnos con otras personas y la urbanidad es el conjunto de pautas a seguir para vivir en la ciudad. Como podrá darse cuenta, todos son “conjunto de pautas”, y como están sujetas a valores que nadie cree y a normas que sabemos que son “amañadas”, la población tampoco vivencia estos modales.

Y viene mi parte favorita, la dignidad. Desde mi perspectiva, la dignidad está compuesta por un círculo virtuoso que incluye los Valores Personales y el Honor, entendiendo este último como la construcción de comportamientos “honorables” y para ello utilizamos el decálogo que mencionamos al principio, bajo mis propios criterios, bajo lo que a mí mismo me parece correcto en términos del respeto por el otro y el respeto por la vida, buscar comportarse y vivir según lo que yo creo que es Justicia, Igualdad, Equidad, Libertad, Respeto, Transparencia, Honestidad, Verdad, Actuación correcta, Consecuencia de mis actos. Nadie me los tiene que decir. A partir de mi propio razonamiento y de mi propio sentido común, yo mismo determino lo que está bien y lo que está mal, sin importar las leyes, normas y modelos que mi sociedad me trae. Claro, es difícil llegar a esto, pues implica el acto de pensar por mí mismo, lo que no es fácil con nuestro sistema educativo.

Todavía así, hay maneras; Establezco mis propios criterios, mis principios y los defiendo, a sabiendas de que dignidad y honor significan la defensa de mí mismo: mi reputación, mi persona y mis valores y que si en algún momento los quebranto o renuncio a ellos, estoy traicionándome y es difícil vivir con ese remordimiento, así que simplemente, contra viento y marea, defiendo los valores en los que creo. Esto quiere decir que debo estar consciente de que vine a este mundo a algo más que a depredar para “alimentarme”. También vine a construir y a dar ejemplo.

La ética del estómago implica tres cosas: comer, proteger a la familia y tener dónde dormir. Si una persona no las tiene resueltas, todos los demás ideales sociales y de comportamiento son mero discurso. La ética del estómago no es racional y no tiene sentido común. Cuando se aguanta hambre o cuando se ve a un hijo aguantar hambre, no existen consideraciones morales. Cuando tienes que llevar a tu familia a vivir debajo de un puente y dormir en la calle, por tu cabeza no pasan ideas si algo es correcto o incorrecto. Simplemente sobrevives.

Cuando se es empresario lo que importan son los resultados. Se vive de las ventas y si no vendemos no tendremos ganancias. Ganancias que de todas maneras se esfuman cuando tenemos una carga impositiva y tributaria de más del setenta por ciento que muchas veces hace que reconsideremos si vale la pena el esfuerzo de tener empresa. Y cómo de lo que se trata es de sobrevivir, empezamos a asumir conductas que no son racionales así parezca que nosotros las hemos decidido y no es así, es también la ética del estómago la que orienta lo que hacemos.

En uno u otro caso nos encontramos en circunstancias difíciles que se complejizan cuando a esto le sumamos la estructura mental de la condición humana que nos muestra toda la emocionalidad negativa, en cuanto a la avaricia, el odio, la envidia y la corrupción y le sumamos las incoherencias de los sistemas legislativos que también corresponden a los intereses de esa condición humana. Y agregue que existen un sinnúmero de paradigmas ideales que nos dicen las maneras de cómo debiéramos vivir y que muy pocas veces tienen asiento en la realidad. Adicionando además que vivimos en un escenario capitalista en el que los individuos sustentan su derecho a existir de acuerdo con su capacidad de producción.

Es a todo esto a lo que le llamamos sociedad o civilización que tiene al ser humano en una encrucijada de la que difícilmente podrá salir, pues no hay sistema político o económico que esté por fuera de esta condición. El ser humano es depredador.

Sabiendo que esto es lo que se encuentra en nuestro entorno, los empresarios debemos preguntarnos ¿qué es lo que en realidad podemos hacer que vaya más allá del discurso? En ese sentido he encontrado que temas como la responsabilidad social empresarial, que debiera ser nuestra manera de aportar, en muchas ocasiones no pasa de ser más que una estrategia de posicionamiento de marca y en otras ocasiones son un desperdicio de recursos sin sentido. ¿De qué sirve que manden a hacer un monumento en un parque cuando está rodeado de personas que mendigan?

Si de verdad queremos hacer algo, debemos tener una mayor orientación hacia el ser humano, no para dar limosnas sino, en una primera línea, para crear condiciones y escenarios en donde las personas se puedan desarrollar y tener mayores oportunidades de una vida digna. Y en una segunda línea, apoyar el sostenimiento de esas poblaciones que de manera definitiva no pueden valerse por sí mismos: los niños especiales y los ancianos. Dese cuenta que, por ejemplo, con el discurso de la inclusión, el gobierno de hace dos décadas lo que hizo fue eliminar los recursos para este tipo de programas y estas son poblaciones que nadie quiere incluir.

También démonos cuenta de que más allá de la corrupción, el gobierno no cuenta con los recursos para resolver los problemas sociales y dese cuenta de que mientras la ética del estómago sea la posibilidad de un modelo de vida, nunca tendremos una sociedad próspera realmente. A pesar del dinero que podamos ganar con nuestras empresas, nunca estaremos realmente bien mientras la sociedad no esté bien. La criminalidad, como la llamamos sin diferenciar a los verdaderos delincuentes, siempre estará en ascenso.

La invitación es: no importa que la suya no sea una gran empresa, o que sea un empleado, y no importa que no tenga un programa de responsabilidad social estructurado. Sus decisiones de todos los días deben tener consideraciones sociales. Sálgase de la ética del estómago y actúe como un ser social y civilizado.

Wilson Garzón Morales

Deja una respuesta